sábado, 27 de febrero de 2010

PEDRO OPEKA

GALARDONADO CON EL PREMIO DE LA FUNDACIÓN SAN MATEO
POR SER PERSONA QUE DESTACA EN SOLIDADIDAD Y JUSTICIA
SOCIAL.
Nació en 1948 en San Martín, en la provincia de Buenos Aires. Su madre tuvo 8 hijos y su padre trabajaba muchísimo en su oficio de albañil. Comenzó a ayudar a su padre con 9 años y a los 14 años ya dominaba el oficio. A los 17 años hizo su primera casa en Junil de los Andes, entre los indios mapuches.
Sus padres eran personas religiosas que le transmitieron la fe.
Ingresó en la congregación de San Vicente de Paúl en Argentina. Estudió Filosofía en Eslovenia y Teología en Francia. A los 27 años se ordenó sacerdote y fue destinado a Madagascar.
Su primer destino fue a Madagascar. Estuvo 15 años animando la parroquia y allí comenzó a sentir la necesidad de estar junto a la gente. Cultivó arroz para sobrevivir, metiéndose en el barro como cualquier campesino malgache. Con ellos jugó al fútbol, llegando a ser una estrella del equipo local. Según cuenta él mismo, "el fútbol fue el camino para ganarme su confianza y sentirme entre ellos".
En 1989 fue destinado a la capital, Antananarivo. Cuando vio la miseria de la gente, especialmente en la periferia de la ciudad, con más de 800 familias escarbando en la basura para poder comer, se dijo que lo pertinente era actuar.
Empezó con una pequeña casa de acogida para los chicos, un hogar de apenas 16 metros cuadrados al borde de un vertedero de 20 hectáreas sobre el que vivían 5.000 personas.
Después, con un pequeño grupo de voluntarios de su antigua parroquia, construyó las primeras viviendas de madera, que luego pasarían a ser reconstruidas con ladrillos.
Del granito de la montaña empezó a sacar piedra, grava y adoquines, para venderlos para la construcción. Del basurero empezó también a sacar abono natural, que también vendía. Poco a poco, lo que primero había sido un albergue de jóvenes se convirtió en un pequeño barrio, luego en dos, hasta llegar a la ciudad que es hoy y en la que viven casi 20.000 personas.
Poco a poco las colinas que rodean el basurero se fueron llenando de hermosas casas, fabricadas con ladrillos y agradables para vivir. Lo que antes era un paisaje de basura y porquería se fue transformando en una auténtica ciudad, con jardines, flores, calles pavimentadas y limpias. Aquello se llamó Akamasoa ("buenos amigos”, en lengua malgache).



Ahora realizaremos unas actividades.

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